domingo, 7 de noviembre de 2010

CANTO III


   «¡Cuán fugaces los años,


¡ay!, se deslizan, Póstumo!», gritaba


el lírico latino, que sentía


cómo el tiempo cruel le envejecía,


y el ánimo y las fuerzas le robaba. 5

Y es triste a la verdad ver cómo huyen


para siempre las horas, y con ellas


las dulces esperanzas que destruyen


sin escuchar jamás nuestras querellas.


¡Fatalidad! ¡Fatalidad impía! 10

Pasa la juventud, la vejez viene,


¡y nuestro pie que nunca se detiene


recto camina hacia la tumba fría!


Así yo meditaba


en tanto me afeitaba 15

esta mañana mismo, lamentando


como mi negra cabellera riza,


seca ya como cálida ceniza,


iba por varias partes blanqueando;


y un triste adiós mi corazón sentido 20

daba a mi juventud, mientras la historia


corría mi memoria


del tiempo alegre por mi mal perdido,


y un doliente gemido


mi dolor tributaba a mis cabellos 25

que canos se teñían,


pensando que ya nunca volverían


hermosas manos a jugar con ellos.


   ¡Malditos treinta años,


funesta edad de amargos desengaños! 30

   Perdonad, hombres graves, mi locura,


vosotros los que veis sin amargura,


como cosa corriente,


que siga un año al año antecedente,


y nunca os rebeláis contra el destino. 35

¡Oh!, será un desatino,


mas yo no me resigno a hallarme viejo


al mirarme al espejo,


y la razón averiguar quisiera


que en este nuestro mundo misterioso, 40

sin encontrar reposo,


nos obliga a viajar de esta manera.


   Y luego las mujeres, todavía


son mi dulce manía:


ellas la senda de ásperos abrojos 45

de la vida suavizan y coloran,


¡y a las mujeres los llorosos ojos


y los cabellos blancos no enamoran!


¡Griegos liceos! ¡Célebres hospicios!


(exclamaba también Lope de Vega 50

llorando la vejez de su sotana)


que apenas de haber sido dais indicios


su morirse del tiempo en la refriega,


y ejemplo sois de la locura humana.


¡Ah!, ¡no es extraño que el que a treinta llega 55

llegue a encontrarse la cabeza cana!


   Adiós amores, juventud, placeres,


adiós, vosotras, las de hermosos ojos,


hechiceras mujeres,


que en vuestros labios rojos 60

brindáis amor al alma enamorada.


Dichoso el que suspira


y oye de vuestra boca regalada,


siquiera una dulcísima mentira


en vuestro aliento mágico bañada. 65

¡Ah!, para siempre adiós: mi pecho llora


al deciros adiós ¡ilusión vana!


Mi tierno corazón siempre os adora,


mas mi cabeza se me vuelve cana.


   Coloraba en Oriente 70

el sol resplandeciente


los campos de zafir con rayos de oro,


y su rico tesoro


del faldellín de plata derramaba


la aurora, y esmaltaba 75

la esmeralda del prado con mil flores,


brotando aromas y vertiendo amores,


y llenaban el mundo de armonía.


La mar serena y la arboleda umbría


rizando aquéllas sus lascivas olas, 80

y éstas las verdes copas ondeando,


coronadas de vagas aureolas


a los rayos del sol que se va alzando.


   Y era el año cuarenta en que yo escribo


de este siglo que llaman positivo; 85

cuando el que viejo fue, por la mañana


en vez de hallarse la cabeza cana


y arrugada la frente,


se encontró de repente


joven al despertar, fuerte y brioso; 90

y el antes fatigoso


del triste corazón flaco latido,


en vigoroso golpe convertido;


y palpitantes, conteniendo apenas


la hirviente sangre, las hinchadas venas. 95

Y sintió nueva fuerza en los nervudos


músculos, antes de calor desnudos,


mientras en su agitada fantasía


volando con locura el pensamiento,


en vaga tropa imágenes sin cuento 100

de oro y azul el porvenir traía.


   El corazón henchido de esperanza,


sin temor de mudanza


mecida el alma en el placer futuro,


el ánimo seguro 105

tras su ilusión lanzándose a la gloria,


y libre de recuerdos la memoria


y el alma y todo nuevo.


Todo esperanzas el feliz mancebo.


    La nube más ligera 110

no empañaba la atmósfera siquiera


de su nuevo atrevido pensamiento;


nuevo su sentimiento


y pura y nueva su esperanza era;


a su espalda las aguas del olvido 115

sus antiguos recuerdos se llevaron,


y de la vida con raudal crecido


correr el limpio manantial dejaron.


   Y era el primer latido


que daba el corazón, y era el primero 120

pensamiento ligero


que formaba la mente, y la primera


nacarada ilusión del alma era.


Sus ojos a mirar no se volvían


los recuerdos que huían. 125

Y el denso velo de la mente oculta,


porque muertos habían,


muerto ya hasta el recuerdo de su nombre,


que allá también la eternidad sepulta,


y al despertar amaneció otro hombre. 130

   ¿Quién dudará que el nombre es un tormento?


Todo el tiempo pasado


va para siempre atado


al nombre que conserva el pensamiento,


y trae a la memoria 135

un solo nombre, una doliente historia.


Hilo tal vez de la madeja suelto,


en el nombre ya envuelto


el despecho, el placer, las ilusiones


de cien generaciones 140

que su historia acabaron


y cuyos nombres sólo nos quedaron.


Clavo de donde cuelgan nuestras vidas


en mis jirones pálidos rompidas,


que traen a la memoria 145

cual rota enseña de pasada gloria.


Porque el nombre es el hombre


y es su primer fatalidad su nombre


y en él se encarna a su existencia unido,


y en su inmortal espíritu se infunde, 150

y en su ser se confunde,


y arranca su memoria del olvido.


Y viviendo de ajena y propia vida,


alma de los que fueron, desprendida


júntase al alma del que vive y lleva 155

cual parte de su vida en su memoria


la ajena vida y la pasada historia.


   Cuanto diciendo voy se me figura


metafísica pura,


puro disparatar, y ya no entiendo 160

lector, te juro, lo que voy diciendo.


Vuelvo a mi cuento, y digo


que el viejo nuestro amigo


amaneció tan otro y tan ufano


tan orondo y lozano, 165

que envidia y gloria diera


a un jerónimo antiguo si le viera.


No hablo de los jerónimos de hoy día,


que flacos, macilentos,


tal vez recuerdan con la panza fría 170

la abundancia y la paz de sus conventos.



   Tersa y luciente brilla


la morena mejilla.


Los afilados dientes


unidos, transparentes, 175

entre sus labios de carmín blanquean,


y en negros rizos por su espalda ondean


los cabellos de ébano bruñido,


en tanto, que encendido


fuego sus negros ojos centellean; 180

y su frente diáfana ilumina


su raudo pensamiento,


prestando a su semblante movimiento


vívido rayo de la luz divina


ancha la espalda, levantando el pecho, 185

de férreos nervios hecho


el vigoroso cuerpo, y la belleza


junta a la fortaleza.


Maravillosa máquina formada


por ingenio divino, 190

de siglos mil a resistir lanzada


el choque y torbellino.


   ¡Y el alma!, ¡el corazón!, ¡la fantasía!


¡Oh!, la aurora más pura y más serena


de abril florido en la estación amena 195

fuera junto a su luz noche sombría.


   Nosotros, ¡ah!, los que al nacer lloramos,


que paso a la razón seguimos,


que una impresión tras otra recibimos


que ora a la infancia, a la niñez llegamos, 200

luego a la juventud, ¡ah!, no alcanzamos


a imaginar la dicha y la limpieza


del alma en su pureza.


¿Quién no lleva escondido


un rayo de dolor dentro del pecho? 205

¿Por cuál dichoso rostro no han corrido


lágrimas de amargura y de despecho?


¡Quién no lleva en su alma,


¡ah!, por muy joven y feliz que sea,


un penoso recuerdo, alguna idea, 210

que nublando su luz turba su calma!



   Tal nuestro padre Adán... Pero dejando


comparaciones frías


que el alma atormentando


nos traen recuerdos de mejores días, 215

y de aquella fatal, negra mañana


de la flaqueza o robustez de Eva,


cuando alargó la mano a la manzana


y... Pero, pluma, queda...


¿A qué vuelvo otra vez al paraíso 220

cuando la suerte quiso


que no fuera yo Adán, sino Espronceda?


Ni el primer hombre, ni el varón segundo


sino Dios sabe el cuántos, que no tengo


número conocido, y me entretengo 225

en este mundo tan alegre y vario,


como en jaula de alambres el canario


divertido en cantar mi Diablo Mundo,


grandílocuo poema y elocuente,


en vez de hablar allí con la serpiente... 230

Reptil sin instrucción, poco profundo,


poco espiritual, y al cabo un ente


de fe traidora y de melosa lengua,


el cual tal vez me hubiera pervertido,


y como a Eva para eterna mengua 235

deshonrado además y seducido;


y al fin allí no había


cátedras ni colegios todavía.


   Y dejando también mis digresiones,


más largas cada vez, más enojosas, 240

que para mí son tachas y borrones


de las mejores obras, fastidiosas


haciéndolas, llevando al pacienzudo


lector confuso siempre, aunque es defecto


de escritor concienzudo 245

que perdona el efecto,


con la intención de mejorar conciencias


con sus disertaciones y advertencias.


   El hombre en fin se levantó del lecho


mancebo ardiente y vigoroso hecho, 250

fuera de sí de esfuerzo y de alegría,


rebosándole el gozo


al rostro, y en el alma el alborozo,


al impulso secreto que sentía.


    Era el mes de abril una mañana; 255

con un rayo de sol dorado el viento


alegraba el cristal de su ventana,


y mecidas en blando movimiento


de varios tiestos las pintadas flores


sus corolas erguían 260

y al transparente céfiro esparcían


juveniles aromas y colores.


   Desplegaba ligera


entre las flores y el cristal sus alas,


ninfa de la galana primavera, 265

de su color vestida y ricas galas,


en círculos volando bulliciosa


alegre mariposa,


sus alas dando al sol rico tesoro


de nieve y de zafir con polvos de oro. 270

Y la aromosa flor que se mecía,


y el aliento del aura enamorada,


y la brillante luz que se bullía,


el inquieto volar de la encantada


eran, y rico adorno 275

mariposa feliz girando en torno,


imágenes doradas de la vida


que a la ilusión del porvenir convida.


Flores, luces, aromas y colores,


que sueña el alma enamorada cuando 280

guardan su sueño a su alrededor cantando


la virtud, la esperanza y los amores,


   y un alegre rumor que el vago viento


en confundido acento


de la calle elevaba 285

bullicio de la gente que pasaba,


cada cual acudiendo a sus quehaceres,


acá y allá esparcidos,


su afán mezclando y diferentes ruidos


al confuso rumor de los talleres. 290

Escalando a la estancia del mancebo


con estrépito alegre y armonía,


a su encantado pensamiento nuevo


regocijo añadía.


¡Oh mundo encubridor, mundo embustero! 295

¡Quién en la calle de Alcalá creyera


tanta felicidad que se escondiera


y en un piso tercero!


Mas todo son jardines de hermosura,


si con su varia tinta 300

el alma en su ventura


y mágica ilusión el cuadro pinta.


¡Y el más bello pensil trueca y convierte


del alma la amargura


en páramo erial de luto y muerte! 305


   ¡Bueno es el mundo!, ¡bueno!, ¡bueno!, ¡bueno!


Ha cantado un poeta amigo mío,


mas es fuerza mirarlo así de lleno,


el cielo, el campo, el mar, la gente, el río


sin entrarse jamás en pormenores 310

ni detenerse a examinar despacio,


que espinas llevan las lozanas flores,


y el más blanco y diáfano topacio


y la perla más fina,


manchas descubrirá si se examina. 315

Pero ¿qué hemos de hacer, no examinar?


¿Y el mundo que ande como quiera andar?


Pasar por todo y darlo de barato


fuera vivir cual sandio mentecato;


elegir la virtud en un buen medio 320

es un continuo tedio;


lanzarse a descubrir y lanzarse al cielo


cuando apenas alcanza nuestro vuelo


a elevarnos un palmo de la tierra,


miserables enanos, 325

y con voces hacer mezquina guerra


y levantar las impotentes manos,


es ridículo asaz y harto indiscreto.


Vamos andando pues y haciendo ruido,


llevando por el mundo el esqueleto 330

de carne y nervios y de piel vestido,


¡y el alma, que no sé yo do se esconde!


Vamos andando sin saber adónde.



   Vagaba en tanto por la estancia en cueros


sin respeto al pudor como un salvaje. 335

O como andaba allá por los oteros


floridos del Edén, o por los llanos,


sin arcabuz ni paje,


el padre universal de los humanos.


Que sin duda andaría 340

solo y sin su mujer el primer día;


o como van aún en las aldeas,


sucias las caras feas


y el cuerpo del color de la morcilla


los chicos de la Mancha y de Castilla, 345

nuestro héroe gritando,


gestos haciendo y cabriolas dando,


hasta que al fin al ruido


entró allí su patrón medio dormido.


Frisaba ya el patrón en sus cincuenta, 350

hombre grave y sesudo,


tenido entre sus gentes por agudo,


con lonja de algodones por su cuenta;


elector, del sensato movimiento


partidario en política, y nombrado 355

regidor del heroico ayuntamiento


por fama de hombre honrado,


y odiar en sus doctrinas reformistas


no menos al partido moderado


que a los cuatro anarquistas, 360

aunque éstos le incomodan mucho más;


por no verlos se diera a Barrabás,


y tiene persuadida a su mujer


que es gente que no tiene qué perder.



   Leyendo está las Ruinas de Palmira 365

detrás del mostrador a aquellas horas


que cuenta libres, y a educarse aspira


en la buena moral,


y a la patria ser útil en su oficio,


habiendo ya elegido en su buen juicio, 370

en cuanto a religión, la natural;


y mirando con lástima a su abuelo


que fue al fin un esclavo,


y el mezquino desvelo


de los pasados hombres y porfías, 375

rinde gracias a Dios, que el mundo al cabo


ha logrado alcanzar mejores días.


Así filosofando y discurriendo,


sus cuentas componiendo,


cuidando de la villa y su limpieza, 380

sólo tal vez alguna ligereza


turba su paz doméstica, que ha dado


en darle celos su mujer furiosa,


y aunque sobremanera


los celos sin razón ella exagera, 385

suena en el barrio como cierta cosa,


que aunque viejo, es de fuego,


corriente en una broma y mujeriego.



   En la estancia, al estruendo y algazara,


entre el discreto concejal gruñendo, 390

y con muy mala cara


de las bromas del huésped maldiciendo;


bromas de un hombre de su edad ajenas,


con un pie en el sepulcro dando voces,


haciendo el niño y disparando coces 395

mas lo que pueda el regidor, apenas,


(don Liborio) llegar a comprender,


es cómo a tanto escándalo se atreve


un hombre que le debe


cuatro meses lo menos de alquiler. 400

   «¿Es posible, al entrar, dijo don Pablo,


(sin reparar siquiera


que su huésped el mismo ya no era)


que os tiente así tan de mañana el diablo?


¡Vive Dios, que os encuentro divertido...! 405

Parece bien que un viejo que ya tiene


más años que un palmar hecho un orate


arme él solo más ruido


que cien chiquillos juntos... ¡Botarate!


¡Más valiera que tantas alegrías 410

fueran pagar contado


mis cuatro meses y diez y ocho días!»


   Tal con rostro indigesto


dijo, y en ademán de hombre enojado,


con desdén la cabeza torció a un lado 415

y empujó el labio con severo gesto.


    Con una interjección y un fiero brinco


digno de Auriol el saltarín payaso


al grave regidor le salta al paso,


colgándose a su cuello con ahínco 420

y amorosa locura,


su improvisado huésped, que se afana


(tal simpatiza la familia humana)


por conocer aquel confuso ente


de tan rara figura 425

que aparece a sus ojos de repente;


ambas manos le planta


en los carrillos, y su faz levanta


por verle bien, y en la nariz le arroja


tan súbita y ruidosa carcajada, 430

fijando en él su vívida mirada.


Que al pequeñuelo regidor enoja.



    ¡Cómo!, ¡a mí!, ¡voto a tal!, gritó en su ira


furioso el pobre concejal, en tanto,


viendo aquel tagarote con espanto 435

que con salvaje júbilo le mira,


que le acaricia rudo,


Hércules sin pudor, Sansón desnudo,


con atención tan rara y tan prolija


que al contemplar sus sujetos y oír su voz 440

cada vez más se alegra y regocija


con delirio feroz,


crujiéndole de cólera los huesos


en su impotencia don Liborio en vano


a remediar se esfuerza los excesos 445

de aquel bárbaro audaz y casquivano.


Confuso y sin saber quién le ha traído,


ni por dónde ha venido,


ni como, por qué arte prodigioso


su pacífico viejo en tan furioso 450

huésped se ha convertido.


   Su alegre huésped que le palpa y ríe


como su juguete vil contempla el niño,


que en su brutal cariño


ni un punto le permite se desvíe; 455

que imperturbable, en tanto que murmulla


el patrón amenazas y razones,


súplicas, maldiciones,


gritos inortográficos les aúlla


pálpale el rostro y pízcale el semblante. 460

   ¡Qué hombre formal se vio


en situación jamás tan apurada!


¡Su grave dignidad comprometida,


y aquí la autoridad desconocida


yace además y ajada 465

con que la sociedad le revistió!


   Ya le levanta en alto y le examina,


y al verle mal formado y tan pequeño,


le contempla risueño


entre cariño y burla con ternura, 470

y que un poder providencial lo envía


(¡oh presunción del hombre!) se figura


a servirle y hacerle compañía.



   En fin, los gritos fueron


tales y tantas del patrón las voces, 475

que todos los vecinos acudieron


al estruendo y estrépito feroces.


Acudió, como era


de su deber, al punto la primera


su mujer, con vestido de mañana 480

y tres moños no más, en la marmota,


dos de color de rosa, otro de grana,


que aunque el afán de ver quién alborota


la hizo subir con el vestido abierto,


la negra espalda al aire y sin concierto, 485

la marmota y los lazos con descuido


por el bien parecer se los ha puesto,


que un traje limpio y un semblante honesto


decoro en la mujer dan al marido,


acudió a la par de ella 490

un pintor joven, cuya mala estrella


trajo a Madrid con más saber que Apeles


mas no llegó a pintar, porque el dinero


a su llegada le ganó un fullero


y no compró ni lienzo ni pinceles; 495

y en la buhardilla vive


lejos del ruido y pompas de este mundo,


junto a Dios nada menos, que del profundo


genio de Dios la inspiración recibe;


mas tanto genio por causa tan fútil 500

estéril es, la inspiración inútil.


¡Y, oh prosa! ¡Oh mundo vil! No inspiraciones


pide el pintor a Dios, sino doblones.


   Un cachazudo médico, vecino


del cuarto principal, materialista, 505

sin turbarse subió, y entre otros vino


un romántico joven periodista


que en escribir se ocupa folletines,


de alma gastada y botas de charol,


que ora canta a los muertos paladines, 510

ora escribe noticias del Mogol,


cada línea a real, y anda buscando


mundo adelante nuevas sensaciones,


las ilusiones que perdió llorando,


lanzando a las mujeres maldiciones. 515

   En tanto, le ha quitado su gorreta


griega al patrón el héroe, y decidido


sobre su noble frente la encasqueta


ancho de vanidad, de gozo henchido;


y en cueros con su gorro se pasea 520

por el cuarto, y gentil se pavonea,


que es natural al más crudo varón


ser algo retrechero y coquetón;


echándole al patrón con desparpajo,


miradas que le miden de alto a bajo, 525

sin hacer caso de sus voces fieras


creyéndole en su estado natural,


ni atender al estrépito infernal


de los que suben ya las escaleras,


   se abrió de golpe la entornada puerta 530

y de tropel entraron los vecinos,


y hallaron al patrón, que a hablar no acierta,


y al Hércules haciendo desatinos.


Su esposa la primera, medio muerta


de espanto y de dolor, gritó: ¡asesinos!, 535

porque tiene el amor ojos de aumento


y quita la pasión conocimiento.


   Fue del patrón, cuando llegó socorro,


echarla lo primero de valiente,


y recobrar su dignidad y el gorro, 540

tomando un ademán correspondiente.


Y así mirando indiferente al corro,


que es máxima que tiene muy presente


la de nihil admirari, y la halló un día


en un tratado de filosofía. 545

    Tendió la mano al loco señalando,


y al mismo punto su inocente esposa,


¡la misma infausta dirección, temblando


con los ojos siguió toda azarosa!


¡Oh terrible visu!, ¡oh cuadro infando! 550

¡Oh!, la casta matrona ruborosa


vio... Mas ¿qué vio, que de matices rojos,


cubrió el marfil y se tapó los ojos?


   Musas, decid qué vio... La Biblia cuenta


que hizo a su imagen el Señor al hombre, 555

y a Adán desnudo a su mujer presenta


sin que ella se sonroje ni se asombre.


Después se le ha llamado, y a mi cuenta,


mientras peritos prácticos no nombre


la familia animal, está dudoso, 560

entre todos al hombre el más hermoso.


   Y muy cara se vende una pintura


de una mujer o un hombre en siendo buena,


y estimamos desnudo en la escultura


un atleta en su rústica faena, 565

mas eso no: la natural figura


es menester cubrirla y darla ajena


forma, bajo un sombrero de castor,


con guantes, frac, y botas por pudor.


   No que me queje yo de andar vestido 570

y ahora mucho menos en invierno,


y que el pudor se dé por ofendido


de ver desnudo un hombre lo discierno.


Y mucho más si el hombre no es marido,


ni cuñado siquiera, suegro o yerno, 575

que entonces la mujer no tiene culpa


y el mismo parentesco la disculpa.


   Mas es el caso aquí, que aquella dama


mujer del concejal... ¡Oh!, sin lisonja,


¿cómo diré la edad que le reclama 580

el tiempo que hace ya vive en la lonja,


yo que me precio de galán? La fama,


viéndola hacer escrúpulos de monja,


a los presentes reveló la cuenta,


y hubo vecino que la echó cincuenta. 585

   ¡Tanto pudor a los cincuenta años!


¡Oh incansable virtud de la matrona!


Después de tanto ataque y desengaños


en este mundo pícaro, que abona


el vicio con sus crímenes y amaños, 590

el tiempo que peñascos desmorona


no pudo su virtud jamás vencer.


¡Oh feliz don Liborio! ¡Oh gran mujer!


   ¿Y habrá de irse sin mirar siquiera


a un monstruo, a un loco? ¿Y dejará en el riesgo 595

a su Liborio con aquella fiera


en trance que ha tomado tan mal sesgo?


No lo permita Dios: Liborio muera,


y ella también con él. -¡Y aquí yo arriesgo


por seguir en octavas este canto 600

débilmente contar dévouement tanto!


   Ella, la pobre, a su pesar forzada


a ver un hombre en cueros, que no es


su esposo, con rubor una mirada


le echó de la cabeza hasta los pies; 605

y aunque fuerte, y honesta, y recatada,


un pensamiento la ocurrió después:


que la mujer al cabo menos lista


tiene en su corazón algo de artista.


   Y a contemplar las formas majestuosas, 610

la robustez del loco y carnes blancas,


recordó suspirando las garrosas


del pobre regidor groseras zancas.


Son las comparaciones siempre odiosas,


siempre, y en el archivo de Simancas, 615

si no me engaño, pienso haber leído


que en el símil, perdió siempre el marido.


   ¡Oh cuán dañosas son las bellas artes!


¡Y aún más dañosa la afición a ellas!


A sus maridos estudiar por partes 620

¡cuántas extravió mujeres bellas!


No pensó más moléculas Descartes,


ni en más rayos se parten las estrellas,


que en partes, ¡ay!, una mujer destriza


a su esposo infeliz y lo analiza. 625

Y a par que en él aplica el analítico,


al ajeno varón le hecha el sintético,


y al más fuerte marido encuentra estítico,


y al más débil galán encuentra atlético.


Juzga al primero un corazón raquítico, 630

halla en el otro un corazón poético.


La palabra de aquél ruda y narcótica


y la del otro tímida y erótica.


Y a mí este juicio me parece exacto,


y parézcales mal a los maridos, 635

que ellos han hecho con el mundo un pacto


y sus derechos son reconocidos;


y si tienen mujer, justo ipso facto


es que su condición lleven sufridos,


que habla con su mujer el que se casa, 640

y yo con las paredes de mi casa.


   El pensamiento que cruzó la mente


de la honrada mujer del concejal,


fue, sin pasión juzgado, estrictamente


cuando más un pecado venial. 645

La honrada dueña que no sea siente


(y éste es un sentimiento natural)


tan membrudo, tan noble y vigoroso


como su huésped su querido esposo.


   Y otra cosa además siente también 650

que no se ha de saber por mí tampoco,


ya que ella la reserva y hace bien,


que al cabo el hombre aquel no es más que un loco.


Y hay quien dice además que con desdén


vio desde entonces y le tiene en poco 655

(tal impresión en ella el huésped hizo)


a un mozo de la tienda asaz rollizo.


   ¡Ay infeliz de la que nace hermosa!


Mas la verdad (si la verdad se puede


en materia decir tan espinosa) 660

es (y perdón la pido si se excede


mi pluma en lo demás tan respetuosa)


(y esto, ¡oh lector!, entre nosotros quede),


mas no lo he decir, que es un secreto,


y siempre me he preciado de discreto. 665

   ¿Quién es el hombre aquél? ¿Quién le ha traído?


¿Adónde el viejo está que allí vivía?


¿Cómo y de dónde en cueros ha venido?


La noche antes don Liborio había


visto en su cuarto al viejo recogido, 670

su cuenta preparada le tenía;


y cuando el ruido a averiguar hoy entra


desnudo un loco en su lugar se encuentra.


   Miran al loco todos, entre tanto,


que por tal al momento le tuvieron, 675

y tal belleza y desenfado tanto


confiesan entre sí que nunca vieron.


Viéranlo con deleite, si el espanto


que al encontrarlo súbito sintieron


les dejara admirarle, pero el susto 680

hasta a la dueña le acibara el gusto.


   Él los mira también entre gustoso


y extrañado, con plácido semblante,


con benévola risa, cariñoso,


señalando al patrón que está delante, 685

y festejar queriéndole amoroso


fija la vista en él, y al mismo instante


la mano alarga, y el patrón la evita,


se echa hacia atrás amedrentado, y grita.


   Y su desvío y desdeñoso acento 690

sin comprender tal vez, y ya impaciente


el nuevo mozo, entre jovial y atento,


de un salto avanza a la agolpada gente;


en pronta retirada un movimiento


todos hicieron hasta el más valiente 695

el audaz regidor, lo menos cinco


escalones saltó de un solo brinco.


   No es retirarse huir, no, ni cordura


fuera trabar tan desigual combate


con un loco de atlética figura 700

capaz de cometer un disparate.


Gritando ¡atarlo! bajan con presura;


gran medida, mas falta quién le ate;


velos el loco, y más veloz que un gamo


prepárase a saltar de un brinco un tramo. 705

   ¡Oh confusión!, que al verle de repente,


rápido desprenderse de lo alto,


cada cual baja atropelladamente,


con gritos de terror, de aliento falto;


rueda en montón la acobardada gente, 710

y el regidor, queriendo dar un salto,


entre los pies del médico se enreda


se ase a su esposa, y con su esposa rueda.


   Y el médico también rueda detrás,


a un tobillo cogido del patrón; 715

entregábase el pintor a Barrabás,


que en un callo le han dado un pisotón:


ármase un estridor de Satanás,


el poeta ha perdido una ilusión,


que ha visto que la dama no sé qué, 720

y a más acaba de torcerse un pie.


    Y acude gente, y el rumor se aumenta,


y llénase el portal, crece el tumulto,


su juicio cada cual por cierto cuenta,


y se pregunta y se responde a bulto: 725

dicen que es un ladrón, hay quien sustenta


que al pueblo de Madrid se hace un insulto,


prendiendo a un regidor, y que él resiste


a la ronda de esbirros que le embiste.


   Llega la multitud formando cola 730

al sitio en que se alzaba Mariblanca,


y la nueva fatal de que tremola


ya su pendón, y que asomó una zanca


el espantoso monstruo que atortola


al más audaz ministro, y lo abarranca, 735

el Bu, de los gobiernos, la anarquía,


llegó aterrando a la secretaría.


   Órdenes dan que apresten los cañones,


salgan patrullas, dóblense los puestos,


no se permitan públicas reuniones, 740

pesquisas ejecútense y arrestos,


queden prohibidas tales expresiones,


obsérvense los trajes y los gestos


de los enmascarados anarquistas


y de sus nombres que se formen listas. 745

   Que luego a son de caja se publique


la ley marcial, y a todo ciudadano,


cuyo carácter no le justifique


luego por criminal que le echen mano;


que a vigilar la autoridad se aplique 750

la mansión del congreso soberano,


y bajo pena y pérdida de empleos,


sobre todo, la casa de Correos.


   Pásense a las provincias circulares,


y en la Gaceta en lastimoso tono, 755

imprímanse discursos a millares


contra los clubs y su rabioso encono;


píntense derribados los altares,


rota la sociedad, minado el trono,


y a los cuatro malévolos de horrendas 760

miras, mandando y destrozando haciendas,


   ¡oh cuadro horrible! ¡Pavoroso cuadro!


Pintado tantas veces y a porfía


al sonar el horrísono balandro


del monstruo que han llamado la anarquía. 765

Aquí tu elogio para siempre encuadro,


que a ser llegaste el pan de cada día,


cartilla eterna, universal registro


que aprende al gobernar todo ministro.


    ¡Oh, cuánto susto y miedos diferentes, 770

cuánto de afán durante algunos años


con vuestras peroratas elocuentes


habéis causado a propios y aun extraños!


Mal anda el mundo, pero ya las gentes


han llegado a palpar los desengaños 775

y aunque cien tronos caigan en ruina


no menos bien la sociedad camina.


   ¡Oh imbécil, necia y arraigada en vicios


turba de viejas que ha mandado y manda!


Ruinas soñar os hace y precipicios 780

vuestra codicia vil que así os demanda.


¿Pensáis tal vez que los robustos quicios


del mundo saltarán si aprisa anda,


porque son torpes vuestros pasos viles,


tropel asustadizo de reptiles? 785

   ¿Qué vasto plan? ¿Qué noble pensamiento


vuestra mente raquítica ha engendrado?


¿Qué altivo y generoso sentimiento


en ese corazón respuesta ha hallado?


¿Cuál de esperanza vigoroso acento 790

vuestra podrida boca ha pronunciado?


¿Qué noble porvenir promete al mundo


vuestro sistema de gobierno inmundo?


   Pasad, pasad como funesta plaga,


gusanos que roéis nuestra semilla, 795

vuestra letal respiración apaga


la luz del entusiasmo, apenas brilla.


Pasad, huid, que vuestro tacto estraga


cuanto toca y corrompe y lo amancilla.


Sólo nos podéis dar, canalla odiosa, 800

miseria y hambre y mezquindad y prosa.


   Basta, silencio, hipócritas parleros,


turba de charlatanes eruditos,


tan cortos en hazañas y rastreros


como en palabras vanas infinitos; 805

ministros de escribientes y porteros,


de la nación eternos parasitos;


basta, que el corazón aurado salta,


la lengua calla y la paciencia falta.


   Mientras al arma el ministerio toca 810

y se junta la tropa en los cuarteles,


y ve la gente con abierta boca


edecanes a escape en sus corceles


cruzar las calles, y al motín provoca


El gobierno con bandos y carteles, 815

y andan por la ciudad jefes diversos


cuyos nombres no caben en mis versos,


    como el jefe político y sus rondas,


capitán general, gobernador,


los que por mucho, ¡oh monstruo!, que te escondas. 820

Darán contigo en tu mansión de horror;


como del amar las agolpadas ondas,


al ímpetu del viento bramador,


la calle entera de Alcalá ocupando


se va la gente en multitud juntando. 825

   Y ya el discorde estrépito aumentaba


y la mentira y el afán crecía,


y la gente a la gente se empujaba,


codeaba, pisaba y resistía.


   El semblante y los ojos empinaba 830

cada cual para ver si algo veía,


y en larga hilera están ya detenidos


gentes, carros y coches confundidos.


   Con bosque de palmas que al violento


ímpetu dobla la gallarda copa, 835

cuando apiñado lo recoge el viento


y con su manto anchísimo lo arropa,


así ondula con sordo movimiento


en la ancha calle la agolpada tropa,


y la apiñada muchedumbre ruge 840

al vaivén rudo de su propio empuje.


   Y cede, y vuelve, y crece el vocerío,


la agitación del popular tumulto,


y un pánico terror entre el gentío


con asombro resbala oculto; 845

y en tan revuelto y congojoso lío,


con ronca voz y con violento insulto,


contrarios intereses y pasiones


se abren plaza a codazos y empujones.


   Y como negra nube en el verano 850

desátase en violento torbellino,


y piedras llueve, y el dorado grano


arroja el viento en raudo remolino.


Súbito rompe el populacho insano,


se esparce y atropéllase sin tino, 855

y huyendo acá y allá, y allá y acá


corre la gente sin saber do va.


   Ya habrá el lector, si como yo del ruido


y bulla popular y movimiento


alguna vez aficionado ha sido, 860

y con juicio observó y detenimiento


visto alguno tal vez tan aturdido


de la fuga en el crítico momento,


que dos horas después si lo ha encontrado


del ímpetu primero aún no ha aflojado. 865

   Y en bandadas derrámase y se extiende


la antes amontonada muchedumbre,


como gorriones que el gañán sorprende


vuelan del llano a la lejana cumbre.


Nadie a la voz del compañero atiende, 870

nadie acude a la ajena pesadumbre,


nadie presta favor y todos gritan


y en confuso tropel se precipitan.


   Y allí la voz aguardentosa truena,


grita asustada la afligida dama, 875

ladran los perros, y las calles llena


la gente que en tumulto se derrama.


Suspende el artesano su faena,


cuidoso el mercader sus gentes llama,


puertas y tiendas ciérranse, añadiendo 880

nuevo rumor al general estruendo.


   Y la prisa es de ver con que asegura


cada cual su comercio y mercancía.


Y cómo alguno entre el tropel procura


mostrar serenidad y valentía, 885

y en torno de él la multitud conjura,


a reunirse con calma y sangre fría


aconseja, mirando alrededor


con ojos que desmienten su valor.


   Y otros audaces de intención dañina, 890

gózanse en el tumulto y de repente


donde la gente más se arremolina


prontos acuden a aturdir la gente.


Y huyen por aumentar la tremolina


y confusión, y contra el más paciente 895

espectador pacífico se estrellan,


y con fingido espanto le atropellan.


   Y en tanto que unos y otros alborotan,


perora aquél y el otro hazañas cuenta,


páranse en corro y furibundos votan, 900

y un solo grito acaso el corro ahuyenta,


y aquéllos de placer las palmas frotan,


y éste el sombrero estropeado tienta,


párase, y el aliento ahogado exhala,


y el tambor va tocando generala. 905

   Y algunos nacionales van saliendo


el ánimo a la muerte apercibido,


el motín y su suerte maldiciendo


con torvo ceño y gesto desabrido.


Y con voz militar, adiós, diciendo 910

a su aterrada cónyuge el marido,


al son del parche y a la voz de alarma


carga el fusil y bayoneta arma.


   Y entre tanto que vienen batallones


y órdenes mil el ministerio expide, 915

y envuelta en mil diversas confusiones


la autoridad en fin nada decide.


Y hay quien demanda a gritos los cañones,


y quien las cargas de lanceros pide,


y tal vez otro cavilando calla 920

si escogerá la lanza o la metralla.


   Y en tanto que en Madrid, cual se derraman


por las faldas del rojo Mongibelo


de lava mil torrentes, que recaman


con ígneas cintas el tremante suelo 925

turbas de gente alborotadas braman,


y se derraman con insano anhelo,


en turbiones las calles inundando


los unos a los otros espantando.


   Súbito con asombro ve la gente 930

Que aún al portal del regidor espera,


salir desnudo a un hombre de repente


con veloz violentísima carrera.


Y otro tras él con cólera impotente,


chico y gordo y vestido a la ligera, 935

afligido, empolvado y sin aliento,


todos los pelos de la calva al viento;


   y a una mujer también desaliñada,


y seis o siete más llenos de espanto,


todos tras él gritando con turbada 940

voz, que tengan al loco, y entre tanto


por la calle la faz alborozada,


el loco va con regocijo tanto,


que causa gusto al verle tan esbelto


andando a brincos tan airoso y suelto. 945

   Pero la gente, viendo la figura


desnuda de aquel hombre que corría


rápido como el viento, y la premura


de la turba que ansiosa le seguía,


y las voces oyendo, y la locura 950

temiendo del que loco parecía,


sin otra reflexión viento tomaron,


y hasta tomar distancia no pararon.


   Mas luego que la calma sobrevino


y los más animosos acudieron, 955

y que era huir un necio desatino


los menos advertidos conocieron,


y a todos de saber el caso vino


curiosidad, hacia el patrón corrieron,


que eran el nuevo joven y el patrón 960

de tanto laberinto la ocasión.


   Y en corro el caso del patrón indagan,


y discuten tal vez puntos sutiles,


y los magines desvariando vagan


perdidos de la historia en los perfiles; 965

y oyen discursos sin que satisfagan


los discursos las mentes varoniles


que ansían profundizar, y nadie entiende


el caso que el patrón contar pretende.


   «Es pues el caso, el regidor decía, 970

que este viejo es un loco huésped mío,


trocado en joven de la noche al día.


-Mirad que estáis diciendo un desvarío.


-Yo cuento la verdad -¡Necia porfía!


Está loco. -Señores, no me río. 975

Yo no discurro nunca a troche y moche.


Era un viejo a las doce de la noche.


   -Vamos, el regidor perdió un sentido.


Si eso no puede ser -¡No hay quien me asista!


Gritaba la mujer, es un perdido, 980

un servil, un ladrón, un anarquista:


ha querido matar a mi marido.


-Y a vos os viola si no andáis tan lista,


la repuso un chuzón cara de pillo


que alegraba con chistes el corrillo. 985

   Yo dije que era viejo, ahora no digo


que no sea joven. -Id y el diablo os lleve.


-Y ahora se me va... -Sois un bodigo.


-Con más de cuatro meses que me debe.


-Vos os contradecís. -Me contradigo 990

y no me contradigo. -Que lo pruebe,


gritaba el chusco de la faz burlona;


idos, buen hombre, a reposar la mona.»


   Desnudo en tanto el nuevo mozo vuela,


párase; corre, alborozado grita 995

mira alegre en redor, nada recela,


cuanto le cerca su entusiasmo excita.


Palpar, gritar, examinar anhela


cuando mira y en torno de él se agita,


como el amor del maternal cariño 1000

mira la luz embelesado el niño.


   ¡Pobre inocente, alma que entretiene


el mundo, y le divierte cual gracioso


juguete, y a mirarle se detiene


con pueril regocijo candoroso! 1005

La luz, las gentes en conjunto viene


todo a herirla, cual juego luminoso


de prodigioso mágico que alzara


ideal otro mundo con su vara.


   Y la ciudad y el sol, y sus colores, 1010

la gente y el tumulto, y los sonidos


en grata confusión de resplandores


y de armonías llega a sus sentidos,


cual las que esmaltan diferentes flores,


los verdes prados por abril floridos 1015

confunden con sonoro movimiento


ruido y colores, si las mece el viento.


   Y les presta su alma su hermosura,


y el corazón su amor y lozanía,


su mente les regala su frescura, 1020

y su rico color su fantasía.


Les da su novedad luz y tersura,


regocijo les presta su alegría,


que el alma gozo al contemplarse siente


del mundo en el espejo transparente. 1025

   Y en el continuo cambio y movimiento,


y algazara, y bullicio alegre y vario,


movido por recóndito portento


ve el mundo cual magnífico escenario:


lámpara el sol meciéndose en el viento, 1030

y obras de artificioso estatuario


las figuras que en rápido tumulto


cruzan, y animan algún resorte oculto.


   Y con su propio gusto satisfecho,


que en sí propia su alma se alimenta; 1035

latir sintiendo alborozado el pecho,


nada se explica, ni explicarse intenta.


Corre al placer de su ilusión derecho,


de su mismo placer sin darse cuenta,


que del placer que se gozó sin tasa, 1040

nadie se ha dado cuenta hasta que pasa.


   Pobre inocente, alma que no sabe


que sólo al niño su inocencia abona,


y que en el mundo compasión no cabe


que en la inocencia mofador se encona. 1045

Alma llena de fe, cándida ave


que dulces trinos en el bosque entona,


que sencilla de rama en rama vuela,


sin que su gracia al cazador conduela.


   Alma que en la aflicción y la agonía 1050

del alboroto popular y estruendo,


grata danza de amor y de alegría


con indecible júbilo está viendo;


cánticos la espantosa gritería,


piensa tal vez, en su ilusión creyendo; 1055

animadas escenas placenteras


el susto de la gente y las carreras.


   Y a tomar parte en el común contento


lánzase y rompe, y en mitad se arroja


del bullicio, más rápido que el viento, 1060

y en torno de él la gente se amanoja.


Ni cura del ajeno sentimiento,


ni de verse desnudo se sonroja,


ora formen en torno de él corrillos,


ora le siga multitud de pillos. 1065

   Fue aquel día el asombro de la villa


y escándalo de todo hombre sesudo,


yendo tras él de gente una traílla


que aterra a veces su ademán forzudo.


Allí corren los chicos, aquí chilla 1070

una mujer al verle andar desnudo,


y algunas que los ojos se taparon


por pronto que acudieron lo miraron.


   Y andando así, la gente ya le acosa,


y alguno allí de condición liviana 1075

quiere que pruebe la intención graciosa


y el trato afable de la especie humana.


Y arrojándole piedras, con donosa


burla por gusto e intención villana,


le hizo el dolor sentir, para que sepa 1080

que no hay placer donde el dolor no quepa.


   Que entró en el mundo nuestro mozo apenas.


Y su dicha y el mundo bendecía,


e inocentes miradas y serenas


vertiendo en torno afable sonreía, 1085

cuando la bruta gente a manos llenas


lanzaba en él cuanto dolor podía,


que en traspasar disfrutan los humanos


su dolor en el alma a sus hermanos.


   Sintió el dolor, y el rostro placentero 1090

súbito coloró de azul la ira,


y ya el semblante demudado y fiero


con ojos torvos a la gente mira.


Huye el cobarde vulgo a lo primero,


piedras después sin compasión le tira, 1095

gritan: al loco, y con temor villano


huyen y le señalan con la mano.


   ¿Quién de nosotros la ilusión primera


recuerda acaso con su niñez perdida?


¿Cuál el primer dolor, la mano fiera, 1100

que abrió en el alma la primera herida?


¡Ay!, desde entonces, sin dejar siquiera


un solo día, siempre combatida


el alma de encontrados sentimientos,


ha llegado a avezarse a sus tormentos, 1105

   mas ¡ay!, que aquel dolor fue tan agudo


que el alma atravesó sin duda alguna,


fue de todos los golpes el más rudo


que injusta nos descarga la fortuna.


Cuando inocente el corazón desnudo, 1110

en el primer columpio de la cuna,


se abre el amor en su ilusión divina,


y en él se clava inesperada espina,


   ¡y después!, ¡y después!... Así el mancebo,


hombre en el cuerpo y en el alma niño, 1115

todo a sus ojos reluciente y nuevo,


todo adornado con gentil aliño,


del falso mundo el engañoso cebo


corre y brinda bondad, brinda cariño,


y el mundo, que al placer falaz provoca, 1120

dolor da en cambio al alma que lo toca.


   Mas deje: el mundo por su amor se encarga


como un chorizo de curarla al humo,


¡y de hiel rica quinta esencia amarga


sacar para bañarla con su zumo! 1125

Luego la ensancha más, luego la alarga,


la esquina, en fin, con artificio sumo,


hasta que endurecida y hecha callo,


suave al tacto le parece un rallo.


   Grave dolor el del mancebo ha sido, 1130

grave dolor, porque de aquella gente


la injusticia y crueldad ha comprendido


con que paga su amor tan inocente.


No en el cuerpo, en el alma le han herido,


que es niña el alma y varonil la mente, 1135

y del juicio y razón le ha dotado,


para que juzgue el mal que le ha tocado.


   Sintió primero cólera, y pasando


el físico dolor al pensamiento.


Volvió los ojos tristes implorando 1140

piedad con amoroso sentimiento.


Madre tal vez en su dolor buscando


que temple con caricias su tormento,


mas los nombres no sirven para madres,


y aún apenas, si valen para padres. 1145

   Cuando llegó un piquete, y bien le avino,


que la gente ahuyentó con su llegada


y el mozo, agradecido a su destino,


miraba con placer la gente armada:


pregúntanle después de donde vino, 1150

cómo va en cueros, dónde es su morada,


y él, que no sabe hablar, nada responde,


los mira, y sigue sin saber adónde.


   ¿Y adónde va? A la cárcel prisionero,


que andar desnudo es ser ya delincuente; 1155

él, entretanto, observa placentero


los colores que viste aquella gente.


Y de una bayoneta lo primero,


al mirarla tan tensa y reluciente,


tocó la punta en su delirio insano, 1160

y en su inocente afán se hirió una mano.


   Y éste fue entonces el dolor segundo,


y dejaremos ya de llevar cuenta,


que para algo Dios nos echa al mundo,


y la letra con sangre entra y se asienta. 1165

Y así la razón gana, así el profundo


juicio con la experiencia se alimenta,


y porque aprenda, el mundo así recibe


al que no sabe cómo en él se vive

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